lunes, 15 de junio de 2020

RELATOS PUBLICADOS


    NAUFRAGIO
Surcaba las aguas con dificultad sorteando las olas que barrían la cubierta. Debido su fragilidad, el desenlace fatídico se preveía inminente, la pequeña nave no podía aguantar el golpe de las aguas, escorando a estribor se precipitó en un remolino que no tardó en engullirla. Un grito de mujer asustó al niño que, se apresuró a retirar una bola de papel del agujero del desagüe de la bañera.

jueves, 11 de junio de 2020

LUMINARIAS

     El ajetreo le indica que se avecina algo distinto, recibe empujones de las mujeres que se afanan en hacer manojitos de cerezas que van recogiendo de un cesto.

     Un manotazo le obliga a retirar la mano de aquel cesto repleto de las preciadas frutas rojas brillantes. Se le hace la boca agua sintiendo el fruto carnoso en la boca, sus ojos golosos no dejan de mirar el cesto buscando un hueco por el que meter la mano para agarrar un puñado y salir corriendo para saborearlas en un rincón, y entretenerse expulsando el hueso con fuerza tratando de meterlo en un bote de conserva herrumbroso que ha colocado a una distancia prudencial.

     Espera a que se calmen las prisas de todas aquellas mujeres, desde el lugar en el que se encuentra puede ver una hornacina en la fachada de la casa, la imagen de San Antonio parece esperar esos manojos de cerezas que irán cubriendo todo el interior de la hornacina.

   ¡Menudo despilfarro! Aquella imagen de madera envejecida por las inclemencias del tiempo no come, y las cerezas tan lustrosas y brillantes se irán secando hasta que algún gorrión se atreva a acercarse para darse un atracón.

    ¡Por fin! Han dejado el cesto solo, una carrera y agarra con fuerza un puñado de las tan deseadas cerezas, siente entre sus dedos los rabos de las cerezas y nota el bamboleo de las que han quedado fuera de sus pequeñas manos.

   Una nueva carrera para llegar hasta unas gavillas de sarmientos, que lo ocultan de las miradas indiscretas, se entretiene expulsando los huesos, escucha el tic, toc de los golpes contra la lata, satisfecho de su escondite.

     Llega la noche y el corazón del niño golpea con fuerza en el pecho, es el momento en el que los vecinos van saliendo de sus casas como si hubieran sido convocados por una fuerza misteriosa, dos hombres agarran sendas gavillas de sarmientos y las colocan en el centro tiesas, apoyada la una en la otra, se inicia la fiesta, una llama pequeña comienza a lamer un puñado de pajas y rizos, hasta infiltrarse entre los sarmientos que crepitan como si se quejasen por el dolor producido por el fuego. 

     Crecen las llamas y comienza a rular una bota de vino de mano en mano, conversaciones, risas y es el momento en el que el niño se uno a los asistentes, sin hacer ruido, sin provocar que le hagan preguntas sobre su desaparición., las llamas están alcanzando su punto álgido y los mozos se preparan para saltar la hoguera.

     Un grito vibrante de mujer rasga la noche, y a lo lejos es contestado por otros muchos y después una petición al santo:

San Antón, gallina pon, huevos a molondrón.

 La imaginación del niño se dispara y ve alrededor de la hoguera mujeres danzando en la cima del monte.

miércoles, 10 de junio de 2020

UN QUESO DE MUERTE

        Un fuerte golpe en el cuello le hizo caer al suelo, no podía respirar, calor en las sienes, los músculos no obedecían, la orden salía del cerebro, pero quedaba interrumpida en alguna parte del trayecto, un desvanecimiento dio paso a la oscuridad.  Desconocía el tiempo transcurrido y su instinto le decía que seguía vivo, a duras penas comenzó a percibir el mismo olor que tanto le gustaba y que había sentido antes del golpe, lo conocía:

¡Queso!

        Oyó pasos y ruido de voces, intentó moverse, pero no podía hacerlo, algo lo sujetaba al suelo, el miedo lo hizo retorcerse, las fuerzas le faltaban, el olor a queso se desvanecía, necesitaba dormir, ya no le importaban las voces que se acercaban, los recuerdos se diluyeron dando paso de nuevo a la oscuridad, la nada.

         El hombre se acercó a la despensa y abriendo la puerta miró al interior y lanzó un grito de triunfo,  allí estaba el maldito ratón, al fin había caído.


martes, 9 de junio de 2020

UN LARGO JUEVES

   Un día más de aburrimiento. Sentado en un sofá que se le antoja excesivamente grande por lo solitario Fernando acerca el botellín de cerveza a sus labios, mojándolos apenas, con un líquido asquerosamente caliente.

Pero… ¿Qué importa?

   Es jueves y seguirá esperando.  Un día u otro llegará la comitiva del juzgado. Ya conoce el proceso.

     Unos pasos lentos, que alguien se acerca con desgana. Cruje la desvencijada barandilla de madera, y los pasos se detienen.

   Hace tiempo que el ascensor dejó de funcionar, el propietario del inmueble optó por no pagar la factura de energía eléctrica, quería echar a los inquilinos y lo está consiguiendo.

    Fernando es el único que se mantiene en todo el edificio. Tampoco tiene un lugar mejor a donde ir, Y por si fuera poco, está esperando el desahucio.

    Jueves. El maldito jueves no se acaba. Todavía recuerda el sabor de ese último trago de cerveza caliente.

     La soledad, un dolor intenso en el pecho, golpes en la puerta, y la maldita comitiva judicial ocupando todo el salón.

    Como si se tratase del espectador de una película, Fernando ve la escena desde distintos puntos a la vez, extrañamente él se encuentra sentado en el sofá.

     Se le acerca un hombre y tras observarlo dice algo que no llega a comprender:

—Lleva unos días muerto.

     Ya nada importa. Ha llegado el momento de abandonar la casa.

 

 

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