domingo, 7 de junio de 2020

LA TIÁ LUTERIA

     Hay momentos en los que los recuerdos pugnan por salir creando historias, que me llevan a un pasado moviéndose a paso lento en la evolución.

     Nací en un pueblecito pequeño, mi mundo eran las calles, las eras, y las pozas de riego. Un mundo de paisajes y paisanaje en el que la tiá Luteria me permitió recrear imágenes de sus vivencias en épocas muy anteriores. En mi pueblo los tratamientos de respeto como señor o señora eran inexistentes, se utilizaba el Don o Doña para significar que quien era digno de utilizar ese tratamiento pertenecía un escalafón digno de mayor respeto.

    Para el resto el tratamiento era el de tió o tiá, sin deshacer el diptongo, demostrándole respeto por su edad. el diptongo se deshacía cargando el acento en la primera vocal, solamente para la familia.

 

     Los trabajos duros de la mañana se relajaban para convertirse en placer durante la tarde, era el momento en que se reunían las mujeres en grupo para hablar, mientras realizaban labores de costura, se intercambiaban modelos de punto o labores de ganchillo.  La tiá Luteria no cosía, solo hablaba cuando le preguntaban algo que pertenecía a su pasado lejano, sin importar las veces que le formulaban la misma pregunta, ella repetía palabra por palabra sus recuerdos.

     Había rebasado los cien años, sin ser consciente de ello, el tiempo se habían ido llevando parte de ella, la gente le había robado unas letras de su nombre permitiendo que al nombrarla la voz dibujase una línea recta, sin los recovecos que crea su nombre real, Eleuteria.

     Vestida de negro, el borde de su saya rozaba el suelo o tal vez se había negado a permanecer en su sitio al disminuir la estatura de su frágil cuerpo.

     Su vida se había dividido en partes iguales cabalgando en equilibrio entre dos siglos aunque su mente recordaba tan solo una parte del XIX, la parte más añorada, sus años mozos que al revivirlos le hacían dibujar una sonrisa en su boca,  animando con una chispa de picardía sus ojos vacuos que como única señal de vida era una pequeña lagrima que se mantenía en equilibrio en el borde del párpado, el resto del tiempo se dedicaba a buscar su casa como si al abandonarla, en su interior hubiera quedado encerrada parte de la historia, su casa actual no la conocía, hablaba con cariño de sus hijos y nietos sin saber que lo hacía con ellos mismos.

      Los miedos faltos de sujeción salían a la superficie haciéndola temblar, al manifestarse en las cosas más nimias que solo hacían desaparecer los niños que acudían fielmente todos los días a escuchar sus historias un tanto descabelladas que encerraban sus recuerdos de épocas distintas que solo los niños comprendían.

     Al anochecer las mujeres recogen su costura y la tiá Luteria vuelve a su casa guiada por sus nietas, los niños continúan con sus juegos esperando la hora de la cena y la llegada del día siguiente.

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