Un día más de aburrimiento. Sentado en un sofá que se le antoja excesivamente grande ─por lo solitario─ Fernando acerca el botellín de cerveza a sus labios, mojándolos apenas, con un líquido asquerosamente caliente.
Pero… ¿Qué importa?
Es jueves y seguirá esperando. Un día u otro llegará la comitiva del juzgado. Ya conoce el proceso.
Unos pasos lentos, que alguien se acerca con desgana. Cruje la desvencijada barandilla de madera, y los pasos se detienen.
Hace tiempo que el ascensor dejó de funcionar, el propietario del inmueble optó por no pagar la factura de energía eléctrica, quería echar a los inquilinos y lo está consiguiendo.
Fernando es el único que se mantiene en todo el edificio. Tampoco tiene un lugar mejor a donde ir, Y por si fuera poco, está esperando el desahucio.
Jueves. El maldito jueves no se acaba. Todavía recuerda el sabor de ese último trago de cerveza caliente.
La soledad, un dolor intenso en el pecho, golpes en la puerta, y la maldita comitiva judicial ocupando todo el salón.
Como si se tratase del espectador de una película, Fernando ve la escena desde distintos puntos a la vez, extrañamente él se encuentra sentado en el sofá.
Se le acerca un hombre y tras observarlo dice algo que no llega a comprender:
—Lleva unos días muerto.
Ya nada importa. Ha llegado el momento de abandonar la casa.

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