El ajetreo le indica que se avecina algo distinto, recibe empujones de las mujeres que se afanan en hacer manojitos de cerezas que van recogiendo de un cesto.
Un manotazo le obliga a retirar la mano de aquel cesto repleto de las preciadas frutas rojas brillantes. Se le hace la boca agua sintiendo el fruto carnoso en la boca, sus ojos golosos no dejan de mirar el cesto buscando un hueco por el que meter la mano para agarrar un puñado y salir corriendo para saborearlas en un rincón, y entretenerse expulsando el hueso con fuerza tratando de meterlo en un bote de conserva herrumbroso que ha colocado a una distancia prudencial.
Espera a que se calmen las prisas de todas aquellas mujeres, desde el lugar en el que se encuentra puede ver una hornacina en la fachada de la casa, la imagen de San Antonio parece esperar esos manojos de cerezas que irán cubriendo todo el interior de la hornacina.
¡Menudo despilfarro! Aquella imagen de madera envejecida por las inclemencias del tiempo no come, y las cerezas tan lustrosas y brillantes se irán secando hasta que algún gorrión se atreva a acercarse para darse un atracón.
¡Por fin! Han dejado el cesto solo, una carrera y agarra con fuerza un puñado de las tan deseadas cerezas, siente entre sus dedos los rabos de las cerezas y nota el bamboleo de las que han quedado fuera de sus pequeñas manos.
Una nueva carrera para llegar hasta unas gavillas de sarmientos, que lo ocultan de las miradas indiscretas, se entretiene expulsando los huesos, escucha el tic, toc de los golpes contra la lata, satisfecho de su escondite.
Llega la noche y el corazón del niño golpea con fuerza en el pecho, es el momento en el que los vecinos van saliendo de sus casas como si hubieran sido convocados por una fuerza misteriosa, dos hombres agarran sendas gavillas de sarmientos y las colocan en el centro tiesas, apoyada la una en la otra, se inicia la fiesta, una llama pequeña comienza a lamer un puñado de pajas y rizos, hasta infiltrarse entre los sarmientos que crepitan como si se quejasen por el dolor producido por el fuego.
Crecen las llamas y comienza a rular una bota de vino de mano en mano, conversaciones, risas y es el momento en el que el niño se uno a los asistentes, sin hacer ruido, sin provocar que le hagan preguntas sobre su desaparición., las llamas están alcanzando su punto álgido y los mozos se preparan para saltar la hoguera.
Un grito vibrante de mujer rasga la noche, y a lo lejos es contestado por otros muchos y después una petición al santo:
San Antón, gallina pon, huevos a molondrón.
La imaginación del niño se dispara y ve alrededor de la hoguera mujeres danzando en la cima del monte.

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