Un fuerte golpe en el cuello le hizo caer al suelo, no podía respirar, calor en las sienes, los músculos no obedecían, la orden salía del cerebro, pero quedaba interrumpida en alguna parte del trayecto, un desvanecimiento dio paso a la oscuridad. Desconocía el tiempo transcurrido y su instinto le decía que seguía vivo, a duras penas comenzó a percibir el mismo olor que tanto le gustaba y que había sentido antes del golpe, lo conocía:
¡Queso!
Oyó pasos y ruido de voces, intentó moverse, pero no podía hacerlo, algo lo sujetaba al suelo, el miedo lo hizo retorcerse, las fuerzas le faltaban, el olor a queso se desvanecía, necesitaba dormir, ya no le importaban las voces que se acercaban, los recuerdos se diluyeron dando paso de nuevo a la oscuridad, la nada.
El hombre se acercó a la despensa y abriendo la puerta miró al interior y lanzó un grito de triunfo, allí estaba el maldito ratón, al fin había caído.

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