lunes, 8 de junio de 2020

EL VALOR DE UNA PESETA

     La voz de los presentadores del telediario me acompañan un día más, sin prestarles atención los oigo repetir también un día mas las noticias que han perdido su cualidad de novedosas, y mas recuerdos se van a un pequeño libro de bolsillo perdido en el trastero junto a otros muchos que permanecen apilados o metidos en cajas de cartón, esperando a que me decida a abrirlos para oler el aroma a papel viejo.

     Sonrío al recordar la pequeña novela, es decir, una sola escena es la que me hace sonreír, la pugna por la supervivencia de dos tiendas en un lejano pueblecito en el oeste americano.

     Este recuerdo me lleva a otra pequeñísima tienda de chucherías, un verdadero edén para los niños de esa época, que nos dedicábamos a hacer continuos viajes.

     Todavía vestía pantalón corto, la tan ansiada libertad podía disfrutarla los domingos por la tarde, y no antes de las cinco, hora en la que se producía una reunión de toda la muchachería en la plaza. Nadie convocaba esa reunión y no existían los teléfonos para hacerlo.

     Con el último bocado de una merienda impuesta, recorría aquel trozo de calle en cuesta subida a paso rápido con la mano en el bolsillo, y el pensamiento volando hacia la pequeña tienda, de la que lo que más recuerdo son los olores a las aceitunas «sevillanas», envasadas en un garrafón de boca ancha, mezclado con el olor al chicle Bazoka, a caramelos, y al dulzón de los barquillos mezclándose con el tostado de los cañamones que Lucía la titular de la tienda, vendía utilizando un vasito pequeño como medida, a «perra chica» cada medida.

     Todos esos aromas hacían que mi pensamiento pusiera alas en los pies y mi mano se hundiese más en el bolsillo, cerrándose en un puño que agarraba con fuerza todos los pensamientos, y el medio para conseguirlos. Mi mano se cerraba con fuerza guardando una «peseta rubia».

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